El análisis de la actualidad científica y todo el contexto para entenderla
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Francisco Doménech
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En Materia hemos brindado por Christina, al tiempo que recordábamos una de las primeras grandes crisis que nos sacudió como equipo de periodistas, allá por 2011: la del tsunami y terremoto que provocaron el accidente nuclear de la central de Fukushima. 15 años después, una investigación publicada en la revista Science nos ha revelado que aquel brutal seísmo movió Japón 6 milímetros hacia el este por un mecanismo desconocido hasta ahora. Así se lo explicó a mi compañero Miguel Ángel Criado el sismólogo de la Universidad de Estrasburgo (Francia) y coautor del estudio, Luís Rivera:
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La dinámica sísmica interna, detalla Rivera, es doble: “La onda P, que bajó antes porque va más rápido, no tiene problema; parte de ella sigue hacia el núcleo interno y parte se devuelve, porque hay un cambio de densidad”. En cambio, la onda S se tiene que volver por completo. El científico de origen colombiano lleva tiempo estudiando este tipo de ondas verticales. “Esa onda es especial porque baja al núcleo terrestre, rebota y sube a la superficie de la Tierra, pero entonces le vuelve a pasar lo mismo con la atmósfera, que no es un sólido, por lo que no se propaga por ella y tiene que volver a bajar”, explica. Si el terremoto que la originó fue lo suficientemente intenso, “puede quedar así atrapada, hasta que al final se atenúa”, completa el sismólogo.
Estos viajes de ida y vuelta al núcleo los conocen los sismólogos desde hace un siglo o así. Pero lo que no se había registrado hasta ahora es lo que pasó aquel 11 de marzo de 2011: la onda S posterior al terremoto fue tan intensa que en su primera vuelta la superficie desplazó Japón hacia el este. Apoyados en una densa red de 1.200 receptores GNSS (instrumental básico de los sistemas de posicionamiento y navegación por satélite), han podido determinar que el país del sol naciente se movió entre cinco y seis milímetros. Rivera enseguida recuerda que el propio terremoto trastocó la isla de Honshu hasta 2,4 metros (inclinó incluso el eje de la Tierra), pero estos pocos milímetros importan.
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Los últimos siete días han venido muy cargados de interesantes investigaciones como esa del terremoto de 2011, que nos invita a refrescar nuestras ideas sobre sismología. Pero de todos nuestros temas de esta semana, lo que a mí me ha hecho arquear la ceja son dos entrevistas:
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- Carles Lalueza-Fox: “Todos tenemos más de un doble en algún lugar del planeta”. Este reconocido genetista acaba de publicar su último libro, Identidad (Editorial Crítica), en el que explora las paradojas de la identidad humana y los peligros de asociar quiénes somos a los genes. Como ejemplo, le ha contado a mi compañero Nuño Domínguez sus estudios sobre personas que no solo se parecen físicamente, sino que también tienen gustos y actitudes parecidas:
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P. Usted ha estudiado la genética de los dobles.
R. Hicimos un estudio genómico con doppelgängers, estos dobles que aparecen en las redes sociales, algunos espectaculares. La pregunta era: ¿por qué se parecen? Y encontramos que se parecían en todo un grupo de genes que podían estar implicados en la estructura de la cara. Pero curiosamente también aparecían genes asociados al comportamiento, a la dieta, a los hábitos, como fumar o no. Es decir, que aparentemente la semejanza con otra persona va más allá de la identidad básica que percibimos cuando nos miramos al espejo. Parece que los humanos hemos sido seleccionados para diferenciarnos fácilmente. El resto de especies tiene una estructura mucho menos variable por cuestiones sociales. Es evidente que la diferenciación facial de cada persona, del individuo, ha sido un motor evolutivo.
P. ¿Todos tenemos al menos un doble por ahí viviendo una vida diferente a la nuestra?
R. Se podría calcular estadísticamente, cogiendo los 200 genes más importantes de estructura facial, y calculando cuál es la probabilidad con las frecuencias de estos alelos en la población mundial de unos 8.000 millones de personas. Pero sí, seguramente tengamos más de un doble en algún lugar del planeta.
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Y por último, quería presentaros a una nueva compañera que se ha incorporado recientemente al equipo de Materia, Ana Lozano, autora de este revelador reportaje sobre Cómo el código postal afecta a la infancia: “El cerebro de un niño pobre parece el de uno rico que no ha dormido y está estresado”. Ya os habíamos contado en otras ocasiones cómo la calle en la que naces determina tu salud, pero ahora investigadores estadounidenses hallan que el coste de criarse en un barrio pobre se refleja también en la estructura y conectividad de regiones motoras y sensoriales del córtex, aunque (OJO), no en las cognitivas. Y este estudio, publicado también en Science, nos lleva a recordar un temazo de Asian Dub Foundation, Colour line, cuya letra denunciaba en el año 2000 la segregación racial y que la pobreza va por barrios:
"Today, the colour line Is the power line Is the poverty line"
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Así será tu eclipse: consulta magnitud, hora exacta y visibilidad en cada punto del país
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