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Querid@s lectores,
Esta semana recoge el testigo de la Newsletter un servidor y, así a bote pronto, después de unos días intensos de mucha Champions y muchos goles, le viene a la cabeza lo siguiente.
Dice mi amigo Álex Grijelmo (y no le falta razón) que cada vez se desatienden más los géneros periodísticos, que en el frenetismo diario de hoy dominan las piezas y que la frontera entre los distintos tipos de informaciones es cada vez más imperceptible. Algo así pasa con el fútbol. La modernidad también trajo consigo el perverso multitasking y donde antes veíamos nueves, extremos, centrales o porteros de toda la vida —esto es, golear, desbordar, defender y parar—, ahora ejercen jugadores (atletas, sobre todo) que saben hacer un poco de todo un poco pero que, a la vez, muchas veces acaban confundiéndose.
De ahí el incalculable valor de un tipo como Robert Lewandowski. El polaco cumplirá 38 años en agosto y entre tantísima versatilidad, dinamismo, Lamines, Fermines y compañía, sus extraordinarias facultades, las propias de un especialista, empiezan a desprender un aroma más bien anacrónico. Probablemente, en el vestuario del FC Barcelona los chavales que lo rodean —25 años de media en el cruce del miércoles contra el Newcastle, la más baja en una eliminatoria en la historia del club azulgrana— detecten en sus andares aires jurásicos. Entonces, ¿qué necesidad, pensarán algun@s, cuando uno lo ha ganado prácticamente todo?
El caso es que él, alguna cana que otra ya en las sienes, ahí sigue. A lo suyo. Readaptándose y “aprendiendo”; cuidándose más que nadie (corrobora el six pack dibujado en sus abdominales) y predicando con el ejemplo y el viejo oficio. Haciendo goles. Dos más enchufó el otro día contra los ingleses. En sus cuatro cursos como culer ha firmado 33, 26, 42 y (de momento) 16, respectivamente. También transmiten los datos que suma 109 en la máxima competición continental. Es decir, una barbaridad. Tiene el Barça, por tanto, uno de esos tesoros (pleistocénicos, se reirán los Gavi, Bernal, Cubarsí…) de los que no se deben prescindir.
Al igual que de los géneros periodísticos.
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